Rodolfo Gil Benumeya Grimau
[2006]
Ahora es mi intención, Sancho, sacar el tesoro que dejé enterrado, que por estar fuera del pueblo, lo podré hacer sin peligro, y escribir o pasar desde Valencia a mi hija y a mi mujer, que sé que están en Argel y dar traza como traerlas.
Esto dice el morisco Ricote a Sancho Panza, su amigo y vecino de aldea, en la 2.ª Parte del Quijote de Cervantes. Ya pasó la expulsión y ahora es el regreso subrepticio de algunos moriscos a su patria; tal vez no a los mismos lugares de procedencia, pero sí a España.[1]
Ricote hace el viaje disfrazado de alemán, entre otros peregrinos tedescos —o franchotes, como dice Sancho— y cuenta que de África, a donde fue a parar con la expulsión, pasó a Francia, de ahí a Italia, luego a Alemania y de aquí a España . Ricote argumenta: «y son muchos, que saben la lengua como yo, se vuelven a ella, y dejan allá sus mujeres y sus hijos desamparados, tal es el amor que la tienen; y agora conozco y experimento lo que suele decirse: que es dulce el amor de la patria».
Tanto los que regresan, sea cual sea su número, su disfraz y su procedencia, como los que de una forma u otra, probablemente contando con alguna complicidad de sus convecinos y de sus protectores, permanecen, lo hacen a partir del siglo XVII en una casi absoluta ocultación, en ocasiones como miembros de la propia Iglesia. Una clandestinidad no tan completa, sin embargo, que no queden de su existencia, presencia y manifestaciones, huellas aunque sean en forma de recuerdo oral, de tradiciones familiares y de señas o guiños, hábitos y posturas. (más…)