Benumeya ابن أمية

01/13/2010

Sayyida al-Hurra. Una reina morisca viajera por el Renacimiento

Rodolfo Gil (Benumeya) Grimau
[Publicado en El Legado Andalusí, Granada, 2005, y en La Mañana, Casablanca, 2005.]

Sayyida al-Hurra bent Mawlāy Aly ibn Rashīd, o Sitt al-Hurra más coloquialmente, fue, por sí misma y por lo que significó en la historia del norte de Marruecos, una de las más importantes personalidades femeninas del occidente islámico en la Edad Moderna, a la que en cierta medida resumió en toda la zona vinculada al Estrecho de Gibraltar, dentro de los complicados cambios y trasvases de intereses que se produjeron en los finales del siglo XV y comienzos del XVI. Sitt al-Hurra pasó a ser una singularidad, una mezcla, un eje, alrededor de los cuales puede moverse nuestro pensamiento cuando
lo enfocamos sobre aquella involucrada sociedad, que existía por entonces en las dos orillas del Estrecho. Su época y su talante fueron los del Renacimiento.

En 1453, los turcos osmanlíes conquistaron Constantinopla, con lo que terminó el Imperio Bizantino, heredero del Imperio Romano de Oriente, y comenzó el Imperio Osmanlí u Otomano, que duraría hasta el primer cuarto del pasado siglo XX. Hubo todo un cambio de actitudes, de medios e inversiones económicas, una alteración del equilibrio político, cultural y comercial que había existido hasta entonces.

A partir de 1487, los portugueses, que ya se habían asentado en el litoral marroquí para sus navegaciones, descubrieron una ruta alternativa hacia la India que contorneaba el Cabo de Buena Esperanza, y abrieron un nuevo camino mercantil a las riquezas que hasta entonces habían discurrido por el Mar Rojo, Arabia y Medio Oriente. Fue el período en el que empezó Europa e, incluso, en el que comenzaron la expansión y el ideario coloniales modernos. Pero además del camino oriental existía otro, que era la ruta occidental del oro y de la sal, el marfil y los esclavos, las plumas de avestruz, los productos
manufacturados; vía que arrancaba del Golfo de Guinea e iba rumbo a Marruecos y a Al-Andalus; y de aquí a Europa.. La ruta discurría por tierra, mediante caravanas.

Ambos mercados sufrieron el colapso causado por los descubrimientos marítimos portugueses y naturalmente por el descubrimiento de América. Se produjo un tumbo de la situación, como acabo de decir, al verificarse que las dos vías podían hacerse navegando en régimen de monopolio —portugués durante un tiempo— y con mayores beneficios, puesto que el número de intermediarios disminuía considerablemente.
Los estados y territorios que habían sido los intermediarios habituales en ambas vías experimentaron unos deterioros notables, tanto en sus haciendas como en sus culturas, sociedad y política, llegando varios de ellos a perder la independencia. Este fue el caso de Egipto y el caso de Granada, por ejemplo; uno en la vía oriental y la otra en la occidental. Egipto pasó a pertenecer al Imperio Otomano y Granada fue conquistada por Castilla y Aragón. Marruecos sufrió de todos estos estímulos negativos exteriores, unidos a otros interiores, y el imperio meriní, implicado en la política granadina y en la de los reinos cristianos europeos durante la Guerra de los Cien Años, vio desgastarse su capacidad política y su brío; incluso su apología como potencia islámica. Bajo los visires wattasíes, los ataques portugueses en las costas marroquíes progresaron, hasta que, en 1471, terminaron por expugnar Arcila. Hay que recordar que ya tenían Ceuta desde 1415, no obstante haber fracasado en Tánger en 1437. Entonces, el que hasta hacía poco había sido señor de Arcila se transformó en el primero de los sultanes wattasíes, inaugurando así una dinastía que se limitó a prolongar la inestabilidad interior y a aumentarla. En estas circunstancias, es cuando se produjeron los primeros resultados específicos de la conquista de Constantinopla y de las navegaciones portuguesas, y será poco después cuando los reinos de Castilla y Aragón, unidos, emprendan la conquista del reino de Granada.

Los reinos marroquí y granadino eran por entonces unos avisperos de luchas internas y de debilidades y el Marruecos de los wattasíes no acudió en ayuda de los granadinos cuando el último Estado andalusí —anterior al de los moriscos de las Alpujarras un siglo después— fue siendo arruinado por Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Mientras tanto, las plazas conquistadas por los portugueses se mantuvieron en un equilibrio oportuno, gracias a sus pactos con el entorno, hasta que los jefes de guerra musulmanes —como el granadino Sīdī al-Mandrī, en Tetuán, o su suegro Mawlāy Aly ibn Rashīd, en Chauen— no empezaron un acoso serio contra ellas. El pasado empeño de los meriníes de pasar por campeones del Islam, unido a la anquilosada herencia wattasí fue lo que permitió y potenció el fenómeno de los jefes de guerra y el impulso de los morabitos. Los wattasíes dejaron la reconquista, el hostigamiento y la presión a los jefes periféricos que eran, en buena parte, andalusíes o marroquíes fuertemente influenciados por el último Al-Andalus.

Y aquí entra en la Historia la figura renacentista de Sitt al-Hurra como la de uno de los protagonistas de la resistencia y de la mezcla de culturas de la época, y de sus formas de actuar.

En realidad, es poco lo que sabemos de primera mano o documentalmente acerca de esta Noble Dama aunque haya bastantes referencias históricas respecto a ella, muchas europeas. Conocida en la Historia como Sayyida al-Hurra, la Noble Dama pudo haber tenido el nombre propio de Aysha, en cuyo caso lo de al-Hurra, que significa la libre, sería un apelativo que le fue dado cuando asumió el gobierno de Tetuán. De todas formas, el apelativo de Sayyida al-Hurra viene a significar Noble Dama y lo llevaron antes y después varias notables mujeres musulmanas. Lo cierto es que era hija de Mawlāy Aly ibn Rashīd, sharīf o noble descendiente del santo Sīdī Abd al-Salām Ibn Mashísh, y de Lal-la Zuhra Fernández, una mudéjar o morisca de Vejer de la Frontera, cerca de Cádiz, o tal vez una elche. El padre de Sitt al-Hurra se había convertido en el príncipe de un estado prácticamente independiente de los wattasíes, con capital en Chauen, ciudad que fundó poblándola con gente de la comarca y con emigrados granadinos, o de otras partes, que escapaban del avance de los Reyes Católicos.

Su madre tenía un hermano, Martín Fernández, que islamizó igualmente, si es que no era ya musulmán, tomando el nombre de Aly Fernando; persona que debió tener puestos de responsabilidad en Tetuán y en la cora de Arcila. Y, del matrimonio entre el príncipe Ibn Rashīd y Lal-la Zuhra Fernández, hubo otro hijo, probablemente el primogénito, llamado Mawlāy Ibrāhīm, que llegó a la cumbre del poder sucediendo a su padre y siendo el valido del sultán wattasí de Fez. Era un buen político, un excelente militar y un hombre de carácter, siempre pendiente de su hermana Aysha, tan emprendedora y fuerte de temperamento como él. Siendo todavía una adolescente, Aysha, la futura Sitt al-Hurra, se casó con Aly Al-Mandrī, aristócrata andalusí desplazado a Tetuán y repoblador de esta ciudad.

Al-Manzarī, fonéticamente transformado en Al-Mandrī, era procedente del reino de Granada, con cuya familia real estaba emparentado por un primer matrimonio, del que seguramente tuvo hijos que debieron luego formar parte de la aristocracia tetuaní. Cabe la posibilidad de que haya conocido a Ibn Rašīd en la guerra de Granada, cuando él era alcaide de Piñar, una fortaleza nazarí que rindió a los Reyes Católicos a instigación de Boabdil, y que se haya trasladado al norte de Marruecos por invitación de aquél.

Lo cierto es que Tetuán fue reconstruida por los granadinos alrededor de 1485 y, en ese momento, Al-Mandrī estaría entre los treinta y los cuarenta años, dada su vida adulta anterior y las responsabilidades que había desempeñado. De 1485 a 1510, o 1512, año en el que Sayyida al-Hurra se hizo cargo del poder en Tetuán, en nombre de su marido y tal vez por incapacidad de éste, que se había ido quedando progresivamente ciego por una herida de guerra, hay unos veinticinco años en los que deben haberse producido el nacimiento de la misma Aysha o Sayyida al-Hurra, su matrimonio, el nacimiento de sus hijos y su propio aprendizaje político. Podríamos pensar, pues, que la Noble Dama nació en torno a 1485, algo después que su hermano Mawlāy Ibrāhīm, al mismo tiempo que nacía Tetuán, y que se casó con Al-Mandrī en torno a 1500, con una diferencia de edad de unos treinta o cuarenta años entre ambos, lo que no parece haber afectado su entendimiento mutuo.

Ella aprendió a su lado y estuvo colaborando con él y, luego, representándolo y cuidándolo hasta su muerte; cosa que no se hubiera producido de no existir un consenso en la pareja y una adaptación de sus caracteres, indudablemente recios. Lo cierto es que, en torno a 1510-1520, la pareja casó a una hija de ambos con Ahmad, un hijo de Hasan Hásim o quizás Hāshim, granadino inmigrado procedente de Baza y rival de Al-Mandrī en el gobierno de la ciudad, y Sayyida al-Hurra estuvo apoyándose más o menos verbalmente en su yerno para regir Tetuán, aunque su sostén fundamental lo haya tenido en su hermano Mawlāy Ibrāhīm, que gobernaba en Fez como factótum del sultán Ahmad al-Wattāsī. Probablemente fue en esos mismos años cuando otra hija de la pareja se casó con un tal Abū Aly, asimismo de origen granadino.

La inmigración granadina, como buena parte de la andalusí y de la morisca ulterior, se dedicaba de modo muy activo al corso, actividad oficialmente permitida y alentada por los Estados, con la que sacaba riqueza y mermaba la capacidad comercial, humana y militar de sus enemigos, en este caso los cristianos peninsulares. Al-Mandrī y Sayyida al-Hurra sostuvieron y financiaron la navegación corsaria, o la controlaron y abastecieron cuando no era propia, aprovechando el excelente caladero del río, que estaba resguardado. El empeño que puso Sayyida al-Hurra en proteger esta actividad concitó en contra de ella muchas enemistades, tanto extranjeras como marroquíes, que empezaron a pesar en su perjuicio, y en el del sultán, que lo consentía a pesar de los acuerdos internacionales. Esto no pareció importarle verdaderamente hasta 1539-1540.

Y es que, en 1539, murió Mawlāy Ibrāhīm, su hermano uterino y protector, y se hizo cargo del gobierno de Chauen su hermanastro Sīdī Muhammad, con quien no se llevaba bien y que, a partir de esa fecha, intentó intervenir en Tetuán. Al-Mandrī continuó en vida hasta 1540: «Todavía suspiraba por España el viejo caudillo», viene a decir de él un testimonio contemporáneo… Muerto su marido, Sayyida al-Hurra continuó rigiendo la ciudad con su yerno Ahmad, probablemente con menoscabo para su otro yerno Abū Aly, lo que creó rivalidades entre sus dos hijas. Sin embargo, dadas las dificultades que se le iban acumulando, la Noble Dama, en 1541 y con más de cincuenta años, dio un vuelco a la situación logrando que el propio sultán de todo Marruecos, Ahmad al-Wattāsī, se casara con ella.

El sultán viajó de Fez a Tetuán para desposarla, cosa que nunca había ocurrido antes en el país. Visto lo cual, la Dama desechó evidentemente todos los prejuicios y manejó a su antojo los asuntos de la región, como dice el historiador Gozalbes Busto. Así fue, lo hizo intensa, abusivamente, pero por poco tiempo.

Porque, el 22 de octubre de 1542, Hasan Hásim o Háshim, consuegro de Sayyida al-Hurra, viniendo de Fez con un grupo de jinetes y en connivencia con su hijo Ahmad, entró en Tetuán y dio un golpe de poder destituyendo a Sayyida al-Hurra, expulsándola de la ciudad y arrebatándole los bienes. «Citalforra alcaidesa y senhora de dicha ciudad» —como dicen los Anais portugueses— había caído. Este golpe de Estado queda muy oscuro. Parece ser que el sultán avisó a la Noble Dama, pero desconocemos por qué ella no le hizo caso, y no sabemos en qué medida conspiraron las propias hijas de ésta en contra de su madre y en favor de sus esposos, pero sí parece que lo hicieron. Tampoco sabemos si el sultán quedó hasta cierto punto complacido con este final, puesto que tal vez contara con que los sucesores de la Noble Dama iban a ser más fáciles que ella misma, de cara a los problemas internacionales que le causaba la ‘Granada tetuaní’ señera y autónoma.

¿Qué fue de Sayyida al-Hurra después? No lo sabemos. Parece que regresó a la casa paterna de Chauen, en donde se aisló y en donde probablemente vivió y murió, ignoramos en qué fecha, en una habitación que todavía se conserva con sus cosas. Está enterrada cerca de esa casa, en la zawiyya raisuniyya.

Una vez desaparecida de Tetuán, la ciudad fue gobernada por su yerno Ahmad y puede que por un hijo de éste, o sea por un nieto de al-Mandrī y de Sayyida al-Hurra, que tal vez adoptó el apellido Al-Mandrī, y en este tiempo hubo luchas entre los Hásim o Háshim y los Abū Aly, o sea guerras nobiliarias familiares que implicaban a los grupos granadinos, hasta que un nuevo sultán hizo ocupar la ciudad, en 1562, por sus tropas, que eran en buena parte moriscas.

Resulta muy difícil meterse en la interpretación de una persona como Sayyida al- Hurra, así de contrastada entre luces y sombras, tanto más cuanto que no disponemos, por ahora, de más material histórico que el analizado ni de más fuentes. Tal vez convenga repasar los datos subjetivamente, desde dentro, empezando por la etapa en que vivió y fue protagonista de cosas.

Aquella fue una época en la que se reequilibró el mundo. Prácticamente todo: las vías comerciales, el concepto y la anchura del orbe, el concepto del Estado, la ciencia y la invención, el ten con ten de las religiones, los bloques expansivos, la emigración, el saber, los índices demográficos, la alimentación, los ejércitos, el arte… La gente que

participó, dentro del área siempre susceptible y múltiple del Estrecho de Gibraltar, lo hizo acomodándose a las nuevas dimensiones sobre un tejido social muchas veces antiguo o pasado, no pudiendo afirmarse de cara a la marejada por falta de un suelo estable. Es lo que probablemente le ocurrió a Sayyida al-Hurra. Pero ella tuvo el arrojo y la inteligencia de ser protagonista de la situación.

Sus acciones fueron seguramente las convenientes dentro de su medio político y social, dentro de su paisaje. Gobernó porque era de una familia de gobernantes y estaba casada con un gran jefe. El gobierno y la directriz eran su ambiente desde niña y, en cuanto tuvo que hacerlo, lo hizo, quizás con un endurecimiento progresivo que terminó por perjudicarle. Al morir su marido, no supo continuar siendo una mujer extraordinaria apoyada en un hombre dentro de una sociedad de hombres, y quiso ser ella misma el hombre con comportamiento de tal y con desafío; lo cual, en aquella época, era imposible de imponer y de mantener. El hecho de que nadie se opusiera abiertamente a su caída, lo prueba.

No debió ser una mujer altiva, aunque sí convencida de poder superar a todos por lo que terminó pecando de confiada. Y, por lo tanto, es posible que haya creído mucho en sí misma, siendo también una buena creyente en Dios, que debió aceptar, sobre todo en la etapa silenciosa y última de su vida, lo que el Altísimo le fue dando. Ahora su cuerpo ocupa una pequeña tumba, en un rincón discreto de la zawiyya raysuniyya, que dije antes. Hay una reducidísima ventana que da al exterior y, por fuera, muchas mujeres de Chauen depositan flores en el alfeizar. Sitt al-Hurra, Sayyida al- Hurra nunca ha dejado de ser una Noble Dama y continúa siendo un símbolo de libertad para muchos, y de esperanza.

11/09/2009

Residuos de morisquismo y visión de este fenómeno en los Quijotes de Cervantes y Avellaneda

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Rodolfo Gil Benumeya Grimau

[Publicado en De Cervantes y el islam. Cervantes, el Quijote, lo moro, lo morisco y lo aljamiado, Madrid: SECC, 2005]

«Don Miguel de Cervantes Saavedra, tanto en nombre propio como en el de su supuesto doble arábigo Cide Hamete Benengeli, contaba en un capítulo de la Segunda parte del Quijote cómo el buen Sancho Panza, regresando de su perdida ínsula Barataria, encontró a su viejo amigo y paisano el morisco Ricote, quien le ofreció compartir con él un tesoro que había dejado escondido»:[1] (más…)

Sobre la diáspora y la ocultación moriscas dentro de su patria. Hechos y recuerdos por vía verbal

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Rodolfo Gil Benumeya Grimau

[2006]

Ahora es mi intención, Sancho, sacar el tesoro que dejé enterrado, que por estar fuera del pueblo, lo podré hacer sin peligro, y escribir o pasar desde Valencia a mi hija y a mi mujer, que sé que están en Argel y dar traza como traerlas.

Esto dice el morisco Ricote a Sancho Panza, su amigo y vecino de aldea, en la 2.ª Parte del Quijote de Cervantes. Ya pasó la expulsión y ahora es el regreso subrepticio de algunos moriscos a su patria; tal vez no a los mismos lugares de procedencia, pero sí a España.[1]

Ricote hace el viaje disfrazado de alemán, entre otros peregrinos tedescos —o franchotes, como dice Sancho— y cuenta que de África, a donde fue a parar con la expulsión, pasó a Francia, de ahí a Italia, luego a Alemania y de aquí a España . Ricote argumenta: «y son muchos, que saben la lengua como yo, se vuelven a ella, y dejan allá sus mujeres y sus hijos desamparados, tal es el amor que la tienen; y agora conozco y experimento lo que suele decirse: que es dulce el amor de la patria».

Tanto los que regresan, sea cual sea su número, su disfraz y su procedencia, como los que de una forma u otra, probablemente contando con alguna complicidad de sus convecinos y de sus protectores, permanecen, lo hacen a partir del siglo XVII en una casi absoluta ocultación, en ocasiones como miembros de la propia Iglesia. Una clandestinidad no tan completa, sin embargo, que no queden de su existencia, presencia y manifestaciones, huellas aunque sean en forma de recuerdo oral, de tradiciones familiares y de señas o guiños, hábitos y posturas. (más…)

11/08/2009

A vueltas con la presencia y uso del idioma español en Marruecos y sus entresijos, en recuerdo de quien fue uno de sus maestros y dijo las cosas con claridad

Rodolfo Gil Grimau
Instituto Cervantes

[publicado en el Boletín de la Asociación Española de Orientalistas, Madrid, Universidad Autónoma, Homenaje a Fernando Valderrama Martínez, 2005]

Fernando Valderrama Martínez publicó, entre otras muchísimas cosas, una monumental Historia de la acción cultural de España en Marruecos (1912-1956),[i] que es la obra imprescindible para estudiar el desarrollo y las vicisitudes del español en el periodo colonial, teniendo en cuenta que Valderrama sabía y era plenamente consciente de que el idioma español, a diferencia del francés, es una lengua en buena parte vernácula en Marruecos y no el efecto de una intervención política y económico-militar binacional de dilatados alcances. Y esto lo sabía por sus propias vivencias demócratas, sus orígenes, responsabilidades y estudios. (más…)

10/25/2009

Un repaso sobre el español en el complejo lingüístico de Marruecos

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Rodolfo Gil Benumeya Grimau

[Publicado en Cuadernos del Archivo Central de Ceuta, núm. 13, Ceuta, 2004]

Me parece útil recordar cómo surgió y de qué modo se desarrolló el estudio del español en Marruecos, en un principio casi inexistente. Y me refiero a todo el territorio de Marruecos; no a su zona norteña y al Protectorado español establecido en ella hace unos lustros.[1] Hablo, por consiguiente, de la época posterior a la independencia de la nación. (más…)

La conjunción inteligente de intereses

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Rodolfo Gil Benumeya Grimau


El llamado «paraíso de Al-Andalus» o «paraíso de Sefarad», como modelo intercultural de una España de tres religiones, cristiana, musulmana y mosaica, durante la Edad Media mediterránea, es el fruto de una admirativa valoración posterior y la recreación del viejo mito de la edad dorada desde la nostalgia. Como ya he tenido ocasión de decir: «Si algo tuvo Al-Andalus, o Sefarad, de edad dorada y de modelo, obedeció, sin duda, a su mestizaje, a la aglutinación de sus diferencias. Al-Andalus fue un producto híbrido. La pluralidad interna que siempre ha tenido España, unida, en aquellas épocas, a una pluralidad de religiones, tuvo como consecuencia un producto cohesionado, gracias, tal vez, a que sus tensiones fueron cuerdamente resueltas y regidas a lo largo de bastante tiempo». El «paraíso de Al-Andalus o de Sefarad» fue simplemente una sabia conjunción de intereses encontrados: y éste es el milagro andalusí.

«Indudablemente no se trató de un paraíso, sino de la aplicación continuada de una idea de Estado y de la comprensión de unas gentes las unas para las otras. Duró lo que duró, y su ejemplo, no solamente su recuerdo, quedó como modelo, incluso hasta la actualidad, de lo que es deseable. Pero fue un espacio plural interno, una alternativa de entendimiento básicamente hispana con ropaje semítico. Una vez rotos los equilibrios y enfrentadas las tensiones, la edad dorada desapareció y la nostalgia la fue convirtiendo en paraíso, incluso en arquetipo». (más…)

El marroquí y el español como individuos sociales, en las respectivas «literaturas» escritas en español

Rodolfo Gil Benumeya Grimau

[ponencia en el Coloquio Internacional La Imagen del Otro en los Escritores Españoles y Marroquíes en Lengua Española. Fez, 23 y 24 de mayo de 2007]

Aparte de los tópicos tradicionales y de las constantes sociológicas y geopolíticas respecto a Marruecos —analizadas varias veces en los trabajos de algunos estudiosos desde la época colonial a las expresiones literarias actuales— hay cada vez más enfoques nuevos, mejor o peor encaminados, conforme se precisa el conocimiento del Uno hacia el Otro o se distorsiona dentro de las nuevas corrientes de diálogo, de presión, de migración, de desarrollo o de disgusto que se producen en estos primeros tiempos del Milenio. (más…)

09/09/2009

Palabras a recuperar para un tesoro de diálogos

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Rodolfo Gil Benumeya Grimau

[Publicado en Diálogo Mediterráneo, n.º 36, 2005]

«Don Miguel de Cervantes Saavedra, tanto en nombre propio como en el de su supuesto doble arábigo Cide Hamete Benengeli, contaba en un capítulo de la segunda parte del Quijote como el buen Sancho Panza, regresando de su perdida ínsula Barataria, encontró a su viejo amigo y paisano el morisco Ricote, quien le ofreció compartir con él un tesoro que había dejado escondido», como dice el escritor africanista Rodolfo Gil Benumeya en su libro España dentro de lo árabe.

«Ahora es mi intención, Sancho, sacar el tesoro que dejé enterrado, que por estar fuera del pueblo, lo podré hacer sin peligro, y escribir o pasar desde Valencia a mi hija y a mi mujer, que sé que están en Argel y dar traza como traerlas […] si tú, Sancho, quieres venir conmigo y ayudarme a sacarlo […]».

Se trataba de un tesoro a recuperar y a hacer uso común de él. Según Gil Benumeya era el caudal del diálogo, la fortuna de la convivencia y de las raíces o de los periodos comunes, el patrimonio de la comprensión de todas las posibilidades propias diferenciadas y de todas las vecindades entendidas a fondo, que debía asumir España para recuperar su rica personalidad y su vigor dentro de las herencias del regeneracionismo de Joaquín Costa; trayendo incluso a los se habían ido a la orilla de enfrente o trayendo su esencia al menos. (más…)

08/02/2009

Tetuán, una ciudad de contrastes

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Rodolfo Gil Benumeya Grimau

[publicado en La ville de Tétouan, Tánger: Asociación
Tetuán-Asmir, 2004]

Tetuán ha sido siempre una ciudad soñada, imaginada y vista por los españoles como una urbe de contrastes, anversos y reversos; lejana en la distancia del pensamiento que evoca el exotismo, contigua en la cercanía geográfica, abierta en su blancura de paloma volando sobre las faldas de los montes a pleno sol o escondida entre los suaves matices de la penumbra de sus rincones llenos de sombra. (más…)

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